Cultura
La Minorista: cultura y resistencia
Eran las 7:00 a.m. del 30 de enero de 2023, el día estaba fresco y el cielo despejado. Aunque la ciudad apenas despertaba en su afán por comenzar la semana, en la Plaza Minorista había iniciado el día horas atrás: los locales y las peluquerías ya atendían clientes y los pisos tenían rezagos del movimiento de la mañana.
Por: Daniela Valderrama
La Plaza Minorista José María Villa carga en sus cimientos una historia de resistencia, de generaciones que han luchado por el derecho a trabajar. Se inauguró en 1984, como el triunfo de los comerciantes informales frente a las intenciones administrativas de la ciudad por desaparecerlos del espacio público. En una entrevista para el Fondo Editorial María Cano, uno de los comerciantes que está en la plaza desde sus inicios, explica que “su construcción no fue un regalo de ninguna administración, (…) esta fue la conquista de los comerciantes que estábamos en las vías públicas y que durante muchos años ejercimos la actividad del comercio informal”, pues viendo que no tenían un espacio seguro y adecuado para trabajar, ya que el gobierno local descuidó los espacios que ellos habitaban en su oficio, los comerciantes se organizaron y crearon en los 60’s un sindicato que logró, con el tiempo, la aprobación del proyecto para la construcción de este mercado, que ellos mismos administran desde 1998 a través de Coomerca (Cooperativa de Comerciantes de la Plaza Minorista).
La plaza en la actualidad es un reflejo de esa lucha de las familias que han crecido gracias a ella. Los pasillos son limpios y los puestos organizados. A donde quiera que uno mire se evidencia el esfuerzo de generaciones enteras que han hecho parte de la construcción de un lugar donde se recoge la diversidad representada en frutas, verduras, dulces y ropa. Porque si hay un lugar donde hay de todo es allí. Desde productos que son de consumo diario en la región, como los granos, la papa, el tomate y la cebolla, hasta los que vienen de otras partes, como el ají de diferentes tipos o el chontaduro por el que recorrí casi toda la plaza, y que por fin logré encontrar en un puesto medio escondido. Y ni hablar de los restaurantes, porque, así como hay comida típica paisa, como un calentado al desayuno, también tienen cocina del pacífico y fritos. Hay una mezcla de culturas, de vidas, de historias, que hace que este lugar sea increíblemente rico.

Caminar por sus pasillos es existir en un ecosistema que funciona con rigurosidad. No camines por las rampas porque esas son para las carretas, usa los escalones que están al lado. No camines muy despacio porque hay gente que tiene afán. Pregunta por lo que no veas, porque seguramente en algún lugar lo encuentras. Si vas caminando por un lado te puedes cruzar con un señor que busca clientes para ayudarles con su carreta y por otro, a una señora que rebusca verduras, o tal vez los ingredientes para un remedio. Y esa rigurosidad no es más que un reflejo de la dedicación de quienes habitan y construyen la minorista todos los días, ese amor y cuidado con los que organizan las verduras para que se vean hermosas y limpian las neveras para que el pescado no se dañe.
Claro que no todo puede ser bonito y funcionar a la perfección, y es así como, un poco lejos de la cara amable de la plaza, uno encuentra un pasillo lleno de animales para la venta: perros, gatos, aves, conejos… Todos encerrados en jaulas pequeñas, atiborrados como si estuvieran presos en una cárcel del tercer mundo, y con un mural en la pared exterior que pretende hacer pedagogía sobre el cuidado animal. Irónico.
La Minorista, con todo lo bueno y lo malo, con los productos campesinos, los repuestos para máquinas, los animales en jaulas, es una muestra de la cultura de la región e incluso del país. Es una prueba de la lucha por el derecho a habitar los espacios públicos, así no siempre sea aceptado o estético.

Un ejemplo de la mezcla cultural que tienen las grandes ciudades en nuestro país, y de cómo las tradiciones avanzan con las generaciones.La Minorista, con todo lo bueno y lo malo, con los productos campesinos, los repuestos para máquinas, los animales en jaulas, es una muestra de la cultura de la región e incluso del país. Es una prueba de la lucha por el derecho a habitar los espacios públicos, así no siempre sea aceptado o estético. Un ejemplo de la mezcla cultural que tienen las grandes ciudades en nuestro país, y de cómo las tradiciones avanzan con las generaciones.
Daniela Valderrama
Colaboradora
Periodista de la Universidad de Antioquia radicado en Villavicencio, Meta. Su trayectoria en el periodismo comunitario y popular, me ha permitido contar historias desde los territorios y visibilizar luchas ambientales, violaciones de derechos humanos y la resistencia de comunidades de base. Desde El Cuarto Mosquetero, he trabajado en investigaciones sobre la Amazorinoquía.