Movilización social
Matrias andantes
Gritaban, cantaban. El sol rechinado y una humareda que hacía de la muerte un rezo aperturaban la mañana de travesía corta y fuerza maternal. Hoy estamos aquí por voluntad de la madre tierra. Queremos que Colombia sea una matria que cuide la vida. Todas somos una sola voz. Somos más y no tenemos miedo, pensaba en los informes de aquellas mujeres que se levantaron contra la dictadura chilena en 1985. En Colombia, hoy, nosotras también somos las que defendemos el cuidado y la vida.
Gritaban, cantaban. El sol rechinado y una humareda que hacía de la muerte un rezo aperturaban la mañana de travesía corta y fuerza maternal. Hoy estamos aquí por voluntad de la madre tierra. Queremos que Colombia sea una matria que cuide la vida. Todas somos una sola voz. Somos más y no tenemos miedo, pensaba en los informes de aquellas mujeres que se levantaron contra la dictadura chilena en 1985. En Colombia, hoy, nosotras también somos las que defendemos el cuidado y la vida.
Las mujeres no somos territorio de guerra, como decía María Alejandra Arenas, madre de la Candelaria, coordinadora de la Mesa de Víctimas y Paz y embajadora de paz, su apuesta es “el derecho a la paz, el derecho a la marcha, el derecho a la conformación de grupos, necesitamos apostarle a todo esto desde los derechos humanos, desde la construcción de paz territorial, y todo lo que conlleva una paz estable y duradera”.
Después de sembrar plantas en zapatos e iniciar el caminao desde el parque Berrío, las gotas de lluvia se deslizaban por las sombrillas como un rocío provocado por el llanto de algunas ante la performance de la hija que se llevan, de las madres que quedan, de aquellas para las que la guerra nunca termina. Sin afán, sin pedir permiso. “Mijo, el problema no es ir, sino volver”, decía en un cartel que la mayoría portaba. Era el día de preguntarse por aquellos y aquellas que no están, que el Estado desapareció, no buscó, que el río recogió o que la tierra no germinó. Los zapatos son una invitación del movimiento de mujeres como símbolo del caminar de lideresas que han sido asesinadas en la defensa de los Derechos Humanos. Según Jeannette Gómez, madre e integrante de la Corporación Convivamos significa “el caminar de los y las jóvenes que se han movilizado y se han construido camino a través de todo lo que ha sido el Paro Nacional”.
A la altura de la Oriental, el andén estaba lleno de expectantes, comerciantes cerraban las puertas de sus negocios con premura como si la rabia y el dolor de una horda de madres dañara locales a su paso. Su digna rabia es el cuidado y el cuidado no es una protesta cómoda, el cuidado es una apuesta colectiva que nace del dolor y es rebeldía ante un Estado que atenta contra la vida. En palabras de Jeannette, “las mujeres le apostamos a defender y cuidar la vida porque somos hijas del dios de la vida, pero también somos constructoras de vida en nuestro caminar comunitario. Hemos tejido a lo largo de la historia el camino, hemos construido procesos en defensa de la vida y de los derechos humanos”.
Una bandera al revés se ondea con el viento casi lluvioso. Un canto se levanta junto con una madre que lleva en sus brazos otro ser, se aferra a él, lo levanta con ella, se levantan y las mujeres de los lados se elevan en telas rojizas, desnudas. Surgen de la sangre que del símbolo patriota al revés se desprende del puente en San Juan. No hay grito, sólo las voces métricas. Silencio y pesares que se convierten en abrazo para al final caminar juntas hasta el Parque de las Luces. Su luz es la unión.



“Yo soy madre, nosotras hemos llevado a nuestros hijos en nuestras entrañas, los hemos amado, los hemos traído al mundo no para la guerra, para gozar la vida, para celebrar la vida, para que ellos puedan crecer y gozar de nuestra patria desde la paz, desde la igualdad, desde todo el cumplimiento de los derechos. Entonces estamos contra todo tipo de violencia contra la mujer y contra nuestros hijos”, así lo mencionaba Jenny Andrea Tascón del pueblo emberá Chamí, consejera de género en la Organización Indígena de Antioquia.
Las entrañas de los cuerpos de las madres, pariendo vida. Al final, una performance revictimizante, gritando el nombre de la mujer violada, de la asesinada, de la herida, de la abandonada, con la reflexión común desde el dolor que no cesa, y sigue narrando el hecho victimizante. ¡Cómo pudo llenarme de tanta fe! Tal vez era porque estábamos juntas, nosotras, las mujeres.